Mi abuela, que hacía unas ensaimadas de joderse la cintura y un carácter de volverte mierda los planes, me decía con voz de mallorquina rizada: que no te bañes cuando te venga, que te da un pasmo.
Ante el mandato, a lo único que me atreví fue rebuscar en la parte oculta de la bibliotequita de mis viejos, un “Manual del Pasmo”. Como ya había encontrado “El Manual de Matrimonio Perfecto” (había dos volúmenes iguales sin uso, al parecer) tenía esperanzas.
A los trece años, enero de cremación, me duché inmediatamente después de que me vino.
Me enalgodoné las partes (no se me permitían los OB), me senté en la sala, con un camisolín estampado de Betty Boop, y esperé al Pasmo.
Y ahora, qué coño te pasa, niña, vamos, mueve las cachas, que hay que comprar la carne pá las milanesas. Y las vas a hacer tú. Supuse que el Pasmo vendría con huevos, pan rallado y perejil.
(Es que estoy…) Ya, ya. Pá que sepas ahora lo que es ser mujer. Te quedas ahí. Tómate una copita de anís.
Pensé que el Pasmo tendría ese narcótico perfume ouzo. Y sonreí.
Media hora. Me hormigueaba todo. Me levanté, sentí la marea roja y fui. No encontré ningún manual. Pero sí el lomo palpitante de un libro ni siquiera hojeado. Lo abrí al azar:
“y una vez más una zarpa de fuego se apoya en el corazón de su presa/ en este Nuevo Mundo confuso abierto en todas direcciones/donde la furia y la pasión se mezclan al polen del Paraíso/y otra vez la tierra despliega sus alas y arde de ser intacta y sin raíces/cuando un hombre y una mujer que se han amado
se separan”.*
Y me pasmé para el resto de mi vida.
* Enrique Molina, “Alta Marea”